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sábado, 4 de noviembre de 2017

Un libro para todos los públicos: "La lección de August" (R.J. Palacio)

August es un niño de diez años con anomalías craneofaciales debidas a varias mutaciones genéticas. Sus ojos están en medio de las mejillas, inclinados hacia abajo y a distinta altura cada uno. No le caben en las órbitas. Sus párpados de abajo  parecen vueltos del revés. No tiene cejas ni pestañas ni pómulos ni casi orejas. A lo largo de los años ha tenido que someterse a múltiples operaciones para intentar cerrar una fisura palatina o implantarle hueso en la mandíbula, por lo que, además, tiene varias cicatrices. Así que, al principio, suele impresionar mucho a todos los que lo ven. Y él es plenamente consciente de ello...  

Hasta ese momento nunca había asistido al colegio. Su familia lo educaba en casa mientras le porporcionaba los cuidados post-operatorios que necesitaba. Por primera vez August se va a enfrentar solo al mundo exterior -sin la habitual protección de sus padres, su hermana Via y su perra Daisy-, asistiendo a una escuela secundaria cerca de donde vive.

El director de la escuela, el señor Lawrence Traseronian, procura que este peculiar alumno tenga una buena acogida desde el primer momento entre alumnos y docentes. Ya en el verano organiza una especie de "comité de bienvenida" formado por tres niños de su grupo de 5º B (Julian, Charlotte y Jack Will), que serán los encargados de recibirlo y apoyarlo al inicio de las clases. De estos alumnos, únicamente Jack Will forjará con August una sincera amistad, lo que lo convertirá en el blanco del mismo rechazo y las burlas que sufrirá su "protegido" por parte de sus compañeros y hasta de algunos padres. Además de Jack, August contará con la espontánea amistad de Summer, una chica que decide, por sí misma, acercarse al "chico nuevo", descubriendo así en él su lado más divertido.

Este primer libro de la serie "Wonder" transcurre durante el primer año de escuela de August narrando los hechos desde la perspectiva de su protagonista, sobre todo, pero también de su hermana Via, de Miranda -la mejor amiga de su hermana-, de Justin -el reciente novio de Via- y de sus amigos Jack y Summer.

Dentro de la trama se incluye el fenómeno de la discriminación al diferente; las distintas etapas en la evolución del acoso escolar; las variadas reacciones del personal de la escuela, las familias, los compañeros y el propio niño; los sentimientos de los que se relacionan con el protagonista y cómo la valentía de los niños y los valores de los docentes acaban mejorando la escuela entera. 

Es un libro novedoso en cuanto a que trata un tema que a priori se presta a rumiar la miseria humana manteniendo un enfoque optimista aun en momentos duros. 

Portada del libro


domingo, 19 de marzo de 2017

La necesidad INTERNA de SIMPLIFICAR

Hace bastante tiempo que me falta espacio y me sobran objetos, personas, tareas... 

Muchos los he ido incorporando yo misma en una tendencia acumulativa sin freno a lo largo de los años y algunos me han sido y me son impuestos; pero unos y otros me asfixian.

Creo que ha llegado el momento de coger las riendas y dar el alto, ya que me siento perdida en medio de toda esa marabunta.

Reflexionando, he llegado a la conclusión de que en general vivimos aplicando la filosofía consumista a todos los ámbitos de nuestras vidas. Yo, por supuesto, también me he subido a la ola. No recuerdo muy bien en qué momento, pero sí recuerdo otra época pasada en que no era así, en que vivía con lo mínimo indispensable sabiendo y controlando todos mis recursos (de todo tipo), sin excesos.

Actualmente las cosas que acumulo han creado un caos ingobernable. Ya no sé cuáles ni cuántas ni dónde exactamente. Constituyen un ejército armado que poco a poco me ha ido ganando terreno.

Durante bastantes años no caí en la cuenta de cómo iban aumentando estos "inquilinos": títulos, cursos de formación de lo más variopintos, contactos de teléfono y redes sociales, ropa, calzado, libros, fotocopias de libros, cuadernos, cajas, carpetas, archivadores, documentos, materiales manipulativos que voy elaborando curso tras curso para mis alumnos/as, menaje de cocina, aparatos electrónicos, bolígrafos, lápices, pinturas, juegos didácticos, juguetes, muebles, amigos, conocidos, reuniones absurdas, actividades estériles... Las categorías se cuentan por decenas y los elementos por centenas (quizás millares, en algunos casos). Ya sólo intentar recordarlos y nombrarlos me produce vértigo.

¿Es necesario dar cabida a tanto "lo que sea"?. ¿Cuándo cerrar las puertas y ventanas?. ¿Por dónde empezar a reducir?. ¿Qué método seguir?.

Por el momento he empezado por lo más sencillo: agenda telefónica y "amigos" de redes sociales. Un buen día cogí el móvil y allí había Cármenes, Juanes, Marías y Fernandos a los que hoy por hoy me era imposible identificar. Creo que es una señal inequívoca de que no me he relacionado con esa gente en los últimos meses o años... Así que... ¿qué pintan en el listín telefónico del móvil o en Facebook?. ¡Fuera!. 

Otra cosa que ya no hago es anotarme a cursos de formación porque sí. He empezado a ser muy selectiva. Antes me parecía que tenía que aprovechar todas las oportunidades formativas que había disponibles, a lo mejor porque durante mucho tiempo tuve que acumular puntos de formación para oposiciones, trienios, sexenios... Vamos, que me tragaba todo lo que podía hasta que me empaché. Últimamente sólo iría si hubiese detrás una fuerte motivación. Llega un momento en que el tiempo se te cuela en un montón de actividades sin sentido y ciertamente los cursos eran algunas de ellas. No es que considere que la formación sea innecesaria, pero llegado a un punto hay que hacer un paréntesis. Las cosas no cambian tanto de un año para otro, no te desactualizas por ello, y, por otra parte, tampoco puedes aplicar todo lo que se te enseña. Al final, se convierte en un proceso acumulativo más.

Tengo muchas más cosas que eliminar en mente para simplificar mi vida, desde ropa hasta papeles pasando por libros y ciertas personas. Aún no sé cuál será el siguiente paso depurativo. 

martes, 5 de julio de 2016

Abecedario de agradecimientos


Alfabeto de agradecimientos


1.       Doy las gracias por el AGUA (de lluvia, de fuentes, de ríos...) tan abundante en nuestra tierra. Forma parte de lo que somos, nos define.


2.       Me siento agradecida por las BIENVENIDAS, las puertas abiertas de par en par.

3.       Agradezco los CUENTOS que nos entretienen, nos emocionan, nos ayudan a entender realidades, nos unen, nos hacen soñar...

4.       Agradezco los DEDOS que me permiten señalar, agarrar, tocar instrumentos musicales, escribir, teclear, dibujar, contar, rascar, hablar con signos, leer en Braille, sentir el mundo... ¡Arriba esos dedos! ¡Para que caigan donuts! Jajajaja...

5.       Me siento agradecida por el ENTUSIASMO de los/as niños/as por las pequeñas cosas.
   

6.       Me siento agradecida por el FUEGO, que cambió nuestra alimentación, nos permitió construir mejores herramientas modificando distintos materiales y nos proporcionó y nos sigue proporcionando luz y calor.


7.       Agradezco el GOOGLE, que pone a nuestra disposición (casi) todo el conocimiento acumulado a golpe de clic.


8.       Me siento agradecida por el HORIZONTE, visible y nunca alcanzable, que nos hace estar siempre en camino.


9.       Me siento agradecida por los y las IDEALISTAS, que mueven el mundo superando la mediocridad que los/as rodea.


10.   Me siento agradecida por la JUVENTUD, "divino tesoro" (como diría Rubén Darío).


11.   Estoy agradecida por los KIOSKOS (físicos y virtuales), que nos mantienen al día. ¡Y por las KATIUSKAS que me permiten disfrutar de los charcos!


12.   ¡Cuántas eles imprescindibles...! Yo me siento agradecida por el LENGUAJE que nos permite pensar, comunicarnos y crear.


13.   Me siento agradecida por la "llama que llama"...



14.   Me siento agradecida por la MOTIVACIÓN, que me impulsa a superarme.


15.   Me siento agradecida por los "NO", que poco a poco voy introduciendo en mi día a día. Un "NO" a tiempo significa un sí a muchas otras cosas...


16.   Estoy agradecida por la letra Ñ, la más castiza del teclado y símbolo de la Hispanidad.


17.   Me siento agradecida por las OPORTUNIDADES: las primeras, las segundas, las terceras..., las que me da la gente y las que me da la vida.


18.   Me siento agradecida por la PASIÓN que me hace perseguir todo lo que me llama la atención y así llegar a descubrir los aspectos más emocionantes de la vida.


19.   A propósito de la celebración del IV centenario de la muerte de Cervantes, agradezco los QUIJOTES (literarios y carnales), que, de forma desinteresada, actúan movidos por sus ideales, enfrentándose a gigantes si es preciso.


20.   Me siento agradecida por las diferentes RELACIONES que tuve, tengo y tendré con la gente, por lo que me aporta cada una.


21.   Estoy agradecida por el SEXO, fuente de sensaciones, canal de sentimientos y conexión entre personas (seguramente, la palabra más tecleada en Internet).


22.   Me siento agradecida por cada TRANSFORMACIÓN.


23.   Gracias por el UROGALLO, especie reliquia de la era glacial y amenazada en España, cuya presencia (junto con el lince ibérico y tantos otros) nos recuerda la delgada línea roja que tenemos que tratar de evitar cruzar.


24.   Ya que estamos todavía muy próximos al 26-J... estoy agradecida por el VOTO femenino, conseguido por muchas mujeres luchadoras que me han ido abriendo el camino.


25.   Gracias por los WESTERNS (desde la "Casa de la Pradera" a "Lucky Luke") y por la orca WILLY (Keiko), personaje que nos hizo replantearnos el cautiverio con fines lúdicos de animales sensibles e inteligentes como nosotros.


26.   Agradezco que XULLO aparezca en muchos capítulos del libro de mi vida.


27.   Pues… estoy agradecida por mi YATE... Como decía Groucho Marx: "Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…"... ¡Jajajaja!


28.   Agradezco que sigan existiendo ZORROS, que defienden a la gente de los villanos del siglo XXI...


domingo, 29 de noviembre de 2015

Enseñanzas toltecas. Del pasado al presente.



LOS CUATRO ACUERDOS

Un contrato contigo mismo






A través del libro Los cuatro acuerdos el doctor mexicano Miguel Ruiz traslada la milenaria filosofía tolteca a la sociedad occidental de nuestros días, poniéndola plenamente de actualidad. 

Según el autor del libro, el motivo del sufrimiento humano, una vez cubiertas las necesidades básicas y fundamentales, no es otro que un sistema de falsas creencias grabado a fuego en nuestra mente desde la más tierna infancia (mediante múltiples métodos de “domesticación social”, que empiezan en nuestra familia, vecindario, comunidad religiosa… y continúan en la escuela, en la universidad, en nuestro trabajo…) y que asumimos como nuestro sin cuestionárnoslo demasiado.

Cada vez que incorporamos una creencia como válida establecemos un acuerdo, pero puede que estas ideas externas de las que nos apropiamos estén muy lejos de la verdad…

Los acuerdos propuestos a la luz de la filosofía tolteca son los siguientes:


Primer acuerdo. “Sé impecable con tus palabras”.

¿Qué nos decimos y qué les decimos a los demás?.

Nosotros somos magos a través de las palabras que utilizamos. Lanzamos “hechizos” en la mente de las demás personas y en nuestra propia mente por medio de ellas. Nuestras palabras son poderosa “magia negra” o, por el contrario, “magia blanca” sobre los demás. Tienen ese poder de dañar o sanar. Las palabras son pura magia, es el don más preciado que tenemos como seres humanos.

Siempre que escuchamos una opinión sobre nosotros mismos y la creemos, estamos llegando a un acuerdo.

Para entender qué significa ser impecable con las palabras tenemos que entender primeramente qué es pecado. “Pecado” es cualquier cosa que dices o haces que va contra ti (juzgar, culpar, etc.). La impecabilidad consiste en no utilizar tus palabras contra ti mismo o contra los demás.

Segundo acuerdo. “No te tomes nada personalmente”.

No estés de acuerdo por sistema con cualquier cosa que se te diga. Cuando otra persona manifiesta una opinión sobre ti - ya sea ésta positiva o negativa - debes pensar que es fruto de su sistema de creencias y de sus propios acuerdos, con lo cual dicha opinión dice más sobre ella misma que sobre ti.

Tomarte las cosas personalmente, como si realmente fueran contigo, te convierte en una presa fácil de los “depredadores” o “magos negros” (hechiceros de las palabras).

Debes tratar de ser inmune a este tipo de hechizos. El primer paso es ser consciente de ello.

No necesitamos la aceptación de los demás. Debemos buscar la verdad en nosotros mismos, descubrir lo que verdaderamente somos.

Lo que otros piensen de mí es “su” problema, no el mío. Los demás tienen una opinión sobre mí según su propio sistema de creencias, de modo que su opinión no tiene nada que ver conmigo, sino con ellos, con sus acuerdos.

Debemos bucear en nuestro interior para encontrar la verdad de quiénes somos y de lo que queremos.

Durante nuestro pasado quizás hayamos estado dando crédito a opiniones perversas sobre nosotros mismos y es muy probable que nos juzguemos y condenemos en función de estas opiniones externas a las que les hemos dado veracidad. Nuestro “juez” interior nos castiga en función de ellas y nos convierte en nuestras propias “víctimas”. Al actuar constantemente de esta manera hemos creado un “hábito de sufrimiento”. Nos hemos vuelto adictos al dolor.

Si tienes esta adicción, si sientes la necesidad de que te maltraten, será fácil que los demás lo hagan. Del mismo modo, si estás con personas que necesitan sufrir, algo en ti hará que las maltrates. El límite del maltrato al que tú mismo te sometes es el máximo que tolerarás de otra persona. Si alguien llega a maltratarte un poco más, lo más probable es que te alejes. Sin embargo, si alguien te maltrata un poco menos, es muy probable que continúes con esa relación.

Para romper con este círculo vicioso de autojuicios y castigos, hay que hacerse consciente de ello. Lo que otros te han mandado en el pasado con sus palabras perniciosas o lo que te mandan ahora no tienes por qué tomártelo como algo personal. Cuando no te tragas el veneno emocional que otros te mandan (intencionalmente o no) se vuelve más nocivo para el que te lo envía que para ti mismo.

Lo que digan los demás - malo o bueno - no importa; sólo importa lo que tú  asumas como verdadero. No creas en los demás, cree en ti mismo.


Tercer acuerdo. “No hagas suposiciones”.

El peligro de hacer suposiciones es llegarnos a creer que aquello que suponemos es cierto. Esto sólo puede llegar a generar sufrimiento en nuestras relaciones personales. Es como la pescadilla que se muerde la cola: suponemos, nos lo tomamos personalmente y después enviamos veneno emocional a los demás con nuestras palabras.

Cuando vayamos a hacer una suposición sobre los demás tenemos que tener en cuenta que sólo vemos lo que queremos (podemos) ver y oímos lo que queremos (podemos) oír, que nunca percibimos las cosas tal como son realmente, que nuestro sistema de creencias transforma nuestra percepción.

Como ejemplo, citaré un pequeño fragmento del relato “Un hermano así” del libro Sopa de pollo para el alma:

“A Paul, un amigo mío, su hermano le regaló un automóvil por Navidad.

En Nochebuena, cuando Paul salía de su despacho, encontró un pilluelo de la calle dando vueltas alrededor del brillante coche nuevo, admirándolo.

—¿Es éste su coche, señor? —le preguntó.

Paul asintió con la cabeza.

 —Me lo regaló mi hermano por Navidad —respondió.

El chico se quedó atónito.

—¿Quiere decir que su hermano se lo dio y a usted no le costó nada? Vaya, ojalá... — se interrumpió, vacilante.

Por cierto, Paul sabía ya lo que el chico iba a decir: que ojalá él tuviera un hermano así. Pero lo que realmente dijo lo conmovió hasta lo más hondo.

—Ojalá yo pudiera ser un hermano así.”

Hacer suposiciones conduce a muchas dificultades, disputas y malentendidos con las personas con las que nos relacionamos. No nos precipitemos al sacar conclusiones.

El antídoto contra la suposición es la pregunta. No tengamos miedo de preguntar hasta que todo quede diáfano. Y, aún así, no debemos creer que ya lo sabemos todo sobre esa cuestión.


Cuarto acuerdo. “Haz siempre lo máximo que puedas”.

La inacción es nuestra forma de negar la vida (por ejemplo, pasarse horas y horas día tras día sentados frente al televisor).

Expresar lo que realmente eres requiere emprender una acción. Una idea, si no se lleva a cabo, no llega nunca a manifestarse, no da frutos ni produce recompensas. Queda en nada.

Todo lo que sabes actualmente lo has aprendido mediante la repetición (hablar, andar, escribir, montar en bicicleta, conducir…). La acción repetida es lo que ha creado ese aprendizaje. Los hechos son lo que importa.

Hacer “lo máximo que se puede” tendrá distintos niveles de intensidad según el momento concreto de nuestra vida (fatiga, ánimo, salud o enfermedad…). No siempre este máximo será lo mismo.

Por eso, debemos ser pacientes con nosotros mismos y no tirar la toalla a la primera de cambio cuando tratemos de actuar conforme a los nuevos acuerdos “conscientes” y no lo consigamos totalmente. Tenemos que ser benevolentes con nosotros mismos ante las recaídas, puesto que hemos repetido incesantemente otras pautas derivadas de otros acuerdos. Es normal que aún tengan influencia sobre nosotros. Contrarrestarla es difícil al principio, pero, a medida que lo intentemos (que nos caigamos y volvamos a levantarnos), iremos creando poco a poco estos nuevos hábitos. Es el compromiso con estos acuerdos mediante la acción el que nos va transformando.


Con respecto a esta cuestión, cobra sentido la famosa e inspiradora cita de autor desconocido:

“Si lo intentas, quizás; si no, jamás”.