viernes, 17 de agosto de 2018

"Bouzas: A neve detrás do cristal". Un conto da viguesa Ledicia Costas.

Cinco amigos - Ray, Madamme Sombra, Miguel, Duna e Cherry - adoitaban reunirse nunha casa abandonada e ruinosa da antiga vila mariñeira de Bouzas - hoxe barrio de Vigo - para entregarse aos xogos de rol onde anos atrás agochábanse os heroinómanos da zona.

Un bo día Madamme Sombra, a moza maior do grupo, desaparece repentinamente sen deixar rastro. Os xóvenes, descontentos co labor da policía e as novas que publica a prensa, seguirán as súas pegadas polo barrio sen demasiado éxito.

Na procura da rapaza, Ray atoparase casualmente cunha estrana anciá sen teito - Drake - que aparentemente anda remexando nos colectores de lixo. A Ray chámanlle moito a atención os ollos de cor violeta da vella, semellantes aos da súa compañeira, así como as súas verbas que parecen dar a entender algunha conexión coa amiga desaparecida. Nunha breve e desconcertante conversa, a mendiga entregarálle unha bóla de vidro que alberga dentro súa unha diminuta representación da vila de Bouzas. Ray queda hipnotizado co agasallo. Ao pouco tempo, desde dentro do colector, parece oír a voz de Madamme Sombra chamando por el. Sen pensalo moito, adéntrase nun submundo a través do colector, deixando abandonada a súa mochila co móbil e a bóla.

O resto do grupo encontra as súas pertenzas e xogan coa bóla, quedando tamén marabillados con ela, dando lugar a tormentas de neve nese submundo no que Ray descobre que a anciá aldraxosa, en realidade, é un cebo do capitán Francis Drake, que engana aos humanos para trasladalos a esa outra realidade paralela para alimentarse dos seus órganos vitais, desaparecendo para sempre do mundo real sen deixar pistas.

Como liberarse dese modo de "existencia" antes de que Drake lle arrebate algún órgano imprescindible? 

Un dos cativos arroxa a bóla contra a parede da Igrexa de S. Miguel rompéndoa en mil anacos e Ray queda ceibe no mundo real, pero cun tamaño minúsculo, tan pequeno como o dun insecto.

O relato de fantasía é unha escusa para percorrer os escenarios máis representativos de Bouzas e dar a coñecer retazos da súa historia.

lunes, 30 de julio de 2018

Vaiana, una historia inspirada en mitos polinesios

Vaiana Waialiki - "Moana" en el título de la película original -  es la hija de Tui, el jefe de una tribu de samoanos que hace años decidieron dejar atrás su pasado de exploradores oceánicos para establecerse definitivamente en una paradisíaca isla del Pacífico Sur, Motu Nui, resguardada de los peligros del mar por un arrecife de coral cuyos límites ya no se atreven a traspasar.

Desde que era pequeña, Vaiana se ha sentido irresistiblemente atraída por el oceáno, algo que su padre ha tratado de impedir a toda costa.

Cuando era casi un bebé, el mar la "eligió"  para una misión que desconocía entregándole una gema - el corazón de la diosa Te Fiti creadora de vida -.

Cuando Vaiana llega a la adolescencia en su isla cada vez hay más problemas para conseguir el alimento. Los recursos naturales se están agotando y los indígenas consultan al jefe para encontrar una solución.

Su abuela Tala, buena conocedora de la historia y las leyendas de su pueblo, desvela a su nieta el pasado navegante de su tribu, mostrándole el escondite de sus antiguas embarcaciones en una cueva tras una cascada, y le insta a buscar a Maui "cambiaformas", un semidiós completamente tatuado que puede convertirse en diferentes seres por medio de un anzuelo mágico y que es protagonista en el mito polinesio de la creación. 

Hace mucho tiempo Maui intentó robar el verde corazón de la diosa Te Fiti. Varios dioses se lo disputaron. En la lucha Maui perdió su anzuelo y el corazón de la diosa se cayó a las aguas del oceáno. Según la leyenda, desde ese momento la muerte comenzó a extenderse poco a poco por las islas polinesias (de ahí los problemas de escasez de recursos). Maui, según su abuela, podría ayudar a solucionar los males que aquejan a la tribu. 

Vaiana es la primera película de Disney en la que se enseñan tatuajes. De hecho, la propia palabra "tatuaje" proviene de la palabra polinesia "tatau", que significa "escribir". Estos dibujos son un elemento importante de esta cultura. 

Los tatuajes maorís que cubren la totalidad del cuerpo de Maui son dinámicos y cambiantes, representan escenas de sus aventuras y aparecen mágicamente. Entre ellos hay una pequeña representación de sí mismo que actúa a modo de conciencia. 

Vaiana y Maui emprenderán una epopeya marina para recuperar el anzuelo mágico y devolver el precioso corazón a la "diosa creadora". Durante el viaje, Maui le enseñará antiguas técnicas de navegación que utilizaban sus antepasados. Al finalizar la película, Vaiana y su tribu habrán recuperado su modo de vida ancestral.


Vaiana y su "príncipe azul"


viernes, 10 de noviembre de 2017

Vikingos, los "hombres del norte"

Los vikingos y sus descendientes -integrados ya en otros pueblos- tuvieron gran influencia en la historia de Europa durante toda la llamada "Edad Media".

Étnicamente formaban parte, originariamente, de los denominados "pueblos germanos".

Desde la Península Escandinava (actuales Suecia, Noruega y Finlandia) se lanzaron a la expansión e invasión de otras tierras, llegando a las Islas Británicas, Francia, Rusia, Península Ibérica, Islandia, Groenlandia, Isla de Terranova (en la actual Canadá) y tierras del Mar Negro y del Mar Mediterráneo.

Su estrategia guerrera era principalmente psicológica: se basaba en el terror. Solían hacer incursiones por mar utilizando sus típicas embarcaciones, como los "Knerri" o los "langskips", a bordo de las cuales viajaban decenas de hombres armados con un equipo muy básico constituido por arcos de madera de tejo, jabalinas, lanzas, espadas de doble hoja, hachas y protegidos por escudos, cascos cónicos sobrios de hierro o de cuero reforzado con placas de metal con protector de nariz y cubremejillas y cotas de mallas. 

Sus victorias no se debían tanto a sus armas - rudimentarias- como a su organización. Se presentaban por sorpresa en asentamientos de otros pueblos, tratando de pasar desapercibidos mientras se acercaban. Podían aprovechar días de feria en que los habitantes del pueblo objetivo se habrían desplazado para intercambiar o comprar mercancías o arriar las velas de sus embarcaciones para disimular su presencia cerca de la costa mientras se aproximaban a tierra remando entre la niebla. Igualmente, realizaban incursiones a través de los ríos franqueando obstáculos cargando a hombros sus barcos. Una parte de los guerreros desembarcaban profiriendo alaridos mientras los mayores o heridos se quedaban a bordo vigilando y custodiando las embarcaciones. Los habitantes de los lugares atacados no tenían tiempo de reacción y se veían obligados a defenderse valiéndose de aperos de labranza en una lucha cuerpo a cuerpo que tan sólo duraba unas horas. Normalmente lograban hacerse con un botín fácil de transportar en sus barcos saqueando casas y templos. Sus preferidos eran los objetos sagrados de plata y oro que formaban parte de los tesoros de las iglesias y monasterios, pero también se llevaban joyas, vajillas, monedas, armas, ganado, vino, cerveza y prisoneros/as que luego utilizarían como esclavos/as. A su partida, incendiaban todo lo que les era posible.

Algunos monasterios como el de Clonmcnoise llegaron a sufrir hasta ocho embates, así que a partir del s. X la arquitectura románica va a evolucionar en un intento de ofrecer resistencia a estos saqueos. Los campanarios van ganando en altura y solidez para ser empleados como atalayas y refugio.

El elemento clave de los pueblos vikingos es el barco, cuya construcción confiaban a maestros artesanos del hierro y la madera. El barco vikingo era apto tanto para afrontar largas travesías en alta mar como para acercarse a la orilla y hasta remontar el curso de ríos poco profundos gracias a su casco achatado. Su construcción podía llevar un año. A partir de más de dos decenas (o casi una centena) de hayas o de robles se tallaban quilla y estraves. El casco del barco se cubría con estopa y brea para aislarlo y los tablazones que formaban parte del revestimiento exterior del mismo con alquitrán de pino y aceite de ballena para impedir que se adhiriesen las algas. Todos los elementos, desde el mástil o el timón hasta los remos y cabos, se elaboraban artesanalmente por el equipo que conformaba el taller de carpintería. Las proas de los barcos estaban presididas por una pieza ornamental: la cabeza de dragón. Su finalidad era, según su tradición religiosa, la de calmar a los espíritus del mar. Esta pieza se retiraba antes de entrar a un puerto para no desafiar a los espíritus de tierra firme. 




Si los barcos se encargaban a profesionales, no así la mayoría de utensilios cotidianos -domésticos o de campo-, que cada familia tallaba o reparaba en su propia casa.

La familia era el centro en torno al cual se organizaba la sociedad vikinga. Englobaba a varias generaciones de hombres y mujeres libres que vivían bajo el mismo techo en una casa comunitaria junto a sus esclavos/as (prisoneros/as de guerra). Esta casa constaba de una estancia principal con un hogar de piedra en el centro para cocinar. Alrededor de él comían y dormían. La sémola era la base de su dieta.

El matrimonio no era más que una alianza económica y política entre dos familias. La esposa debía aportar una dote acorde con su rango social. El marido trataba con respeto a su esposa, algo que era poco común para la época. Si la mujer sufría maltrato por parte de su marido, tenía derecho a reclamar el divorcio. Los hombres elegían los nombres de los/as recién nacidos/as y los/as reconocían como hijos/as, incorporándolos/as al clan familiar. Ellos también tenían derecho a escoger varias concubinas entre sus esclavas. Durante la ausencia de los hombres, por expediciones comerciales o guerreras, las esposas ostentaban la autoridad de la casa y llevaban colgado de la cintura el símbolo de esta autoridad: el juego de llaves de los baúles. 

La sociedad vikinga era agrícola/ganadera y pesquera. Una vez al año las familias se desplazaban en barco para vender o intercambiar en mercados cosmopolitas gran variedad de productos como telas manufacturadas en casa por la esposa, las hijas y las sirvientas con lana o lino, pieles y colmillos de morsa, esclavos/as, tesoros fruto del saqueo o los tributos impuestos a los francos o anglosajones y todo tipo de excedentes de su propia producción. Allí solían permanecer alrededor de una semana para abastecerse de lo necesario para todo el año. A estos centros comerciales se desplazaban personas llegadas de lugares tan distantes como la Península Ibérica (ocupada por los musulmanes) o el Califato de Bagdad. Un conjunto de jueces mantenían el orden en las plazas comerciales, que contaban con su propio código legal.



Los vikingos creían en la vida después de la muerte, especialmente para la élite guerrera. Según su tradición religiosa, la mitad de los guerreros que perecían en la batalla entrarían en el Walhalla a lomos de Sleipnir, el caballo de ocho patas de Odín, guiados por las valquirias, y la otra mitad lo harían> al Fólkvangr de la diosa Freyja. En cuanto a las prácticas funerarias, a veces se incineraba a los difuntos, pero lo más habitual era la inhumación del cadáver. Si el fallecido era de la aristocracia vikinga, se enterraba provisto con ricos atavíos, animales sacrificados y descuartizados para la ocasión, joyas, pan, fruta, huevos, cerveza, sirvientes, concubinas, etc. en una tumba rodeada de piedras que recordaban la forma de un navío. Eran comunes las ofrendas humanas (esclavas, sobre todo) para acompañar al difunto de clase pudiente. Estos/as sirvientes bebían, cantaban y bailaban hasta caer agotados por el esfuerzo antes del sacrificio. Los difuntos más relevantes se depositaban junto a estas ofrendas en un barco dentro de una cámara excavada en la tierra por decenas de hombres. Se creía que este barco los conduciría al Hel (reino de los muertos). Después se construía un techo para cubrir la tumba. Pasado un tiempo, también se cubría el tejado de madera con tierra y piedras. 

            

            

            

            


sábado, 4 de noviembre de 2017

Un libro para todos los públicos: "La lección de August" (R.J. Palacio)

August es un niño de diez años con anomalías craneofaciales debidas a varias mutaciones genéticas. Sus ojos están en medio de las mejillas, inclinados hacia abajo y a distinta altura cada uno. No le caben en las órbitas. Sus párpados de abajo  parecen vueltos del revés. No tiene cejas ni pestañas ni pómulos ni casi orejas. A lo largo de los años ha tenido que someterse a múltiples operaciones para intentar cerrar una fisura palatina o implantarle hueso en la mandíbula, por lo que, además, tiene varias cicatrices. Así que, al principio, suele impresionar mucho a todos los que lo ven. Y él es plenamente consciente de ello...  

Hasta ese momento nunca había asistido al colegio. Su familia lo educaba en casa mientras le porporcionaba los cuidados post-operatorios que necesitaba. Por primera vez August se va a enfrentar solo al mundo exterior -sin la habitual protección de sus padres, su hermana Via y su perra Daisy-, asistiendo a una escuela secundaria cerca de donde vive.

El director de la escuela, el señor Lawrence Traseronian, procura que este peculiar alumno tenga una buena acogida desde el primer momento entre alumnos y docentes. Ya en el verano organiza una especie de "comité de bienvenida" formado por tres niños de su grupo de 5º B (Julian, Charlotte y Jack Will), que serán los encargados de recibirlo y apoyarlo al inicio de las clases. De estos alumnos, únicamente Jack Will forjará con August una sincera amistad, lo que lo convertirá en el blanco del mismo rechazo y las burlas que sufrirá su "protegido" por parte de sus compañeros y hasta de algunos padres. Además de Jack, August contará con la espontánea amistad de Summer, una chica que decide, por sí misma, acercarse al "chico nuevo", descubriendo así en él su lado más divertido.

Este primer libro de la serie "Wonder" transcurre durante el primer año de escuela de August narrando los hechos desde la perspectiva de su protagonista, sobre todo, pero también de su hermana Via, de Miranda -la mejor amiga de su hermana-, de Justin -el reciente novio de Via- y de sus amigos Jack y Summer.

Dentro de la trama se incluye el fenómeno de la discriminación al diferente; las distintas etapas en la evolución del acoso escolar; las variadas reacciones del personal de la escuela, las familias, los compañeros y el propio niño; los sentimientos de los que se relacionan con el protagonista y cómo la valentía de los niños y los valores de los docentes acaban mejorando la escuela entera. 

Es un libro novedoso en cuanto a que trata un tema que a priori se presta a rumiar la miseria humana manteniendo un enfoque optimista aun en momentos duros. 

Portada del libro


domingo, 19 de marzo de 2017

La necesidad INTERNA de SIMPLIFICAR

Hace bastante tiempo que me falta espacio y me sobran objetos, personas, tareas... 

Muchos los he ido incorporando yo misma en una tendencia acumulativa sin freno a lo largo de los años y algunos me han sido y me son impuestos; pero unos y otros me asfixian.

Creo que ha llegado el momento de coger las riendas y dar el alto, ya que me siento perdida en medio de toda esa marabunta.

Reflexionando, he llegado a la conclusión de que en general vivimos aplicando la filosofía consumista a todos los ámbitos de nuestras vidas. Yo, por supuesto, también me he subido a la ola. No recuerdo muy bien en qué momento, pero sí recuerdo otra época pasada en que no era así, en que vivía con lo mínimo indispensable sabiendo y controlando todos mis recursos (de todo tipo), sin excesos.

Actualmente las cosas que acumulo han creado un caos ingobernable. Ya no sé cuáles ni cuántas ni dónde exactamente. Constituyen un ejército armado que poco a poco me ha ido ganando terreno.

Durante bastantes años no caí en la cuenta de cómo iban aumentando estos "inquilinos": títulos, cursos de formación de lo más variopintos, contactos de teléfono y redes sociales, ropa, calzado, libros, fotocopias de libros, cuadernos, cajas, carpetas, archivadores, documentos, materiales manipulativos que voy elaborando curso tras curso para mis alumnos/as, menaje de cocina, aparatos electrónicos, bolígrafos, lápices, pinturas, juegos didácticos, juguetes, muebles, amigos, conocidos, reuniones absurdas, actividades estériles... Las categorías se cuentan por decenas y los elementos por centenas (quizás millares, en algunos casos). Ya sólo intentar recordarlos y nombrarlos me produce vértigo.

¿Es necesario dar cabida a tanto "lo que sea"?. ¿Cuándo cerrar las puertas y ventanas?. ¿Por dónde empezar a reducir?. ¿Qué método seguir?.

Por el momento he empezado por lo más sencillo: agenda telefónica y "amigos" de redes sociales. Un buen día cogí el móvil y allí había Cármenes, Juanes, Marías y Fernandos a los que hoy por hoy me era imposible identificar. Creo que es una señal inequívoca de que no me he relacionado con esa gente en los últimos meses o años... Así que... ¿qué pintan en el listín telefónico del móvil o en Facebook?. ¡Fuera!. 

Otra cosa que ya no hago es anotarme a cursos de formación porque sí. He empezado a ser muy selectiva. Antes me parecía que tenía que aprovechar todas las oportunidades formativas que había disponibles, a lo mejor porque durante mucho tiempo tuve que acumular puntos de formación para oposiciones, trienios, sexenios... Vamos, que me tragaba todo lo que podía hasta que me empaché. Últimamente sólo iría si hubiese detrás una fuerte motivación. Llega un momento en que el tiempo se te cuela en un montón de actividades sin sentido y ciertamente los cursos eran algunas de ellas. No es que considere que la formación sea innecesaria, pero llegado a un punto hay que hacer un paréntesis. Las cosas no cambian tanto de un año para otro, no te desactualizas por ello, y, por otra parte, tampoco puedes aplicar todo lo que se te enseña. Al final, se convierte en un proceso acumulativo más.

Tengo muchas más cosas que eliminar en mente para simplificar mi vida, desde ropa hasta papeles pasando por libros y ciertas personas. Aún no sé cuál será el siguiente paso depurativo. 

martes, 5 de julio de 2016

Abecedario de agradecimientos


Alfabeto de agradecimientos


1.       Doy las gracias por el AGUA (de lluvia, de fuentes, de ríos...) tan abundante en nuestra tierra. Forma parte de lo que somos, nos define.


2.       Me siento agradecida por las BIENVENIDAS, las puertas abiertas de par en par.

3.       Agradezco los CUENTOS que nos entretienen, nos emocionan, nos ayudan a entender realidades, nos unen, nos hacen soñar...

4.       Agradezco los DEDOS que me permiten señalar, agarrar, tocar instrumentos musicales, escribir, teclear, dibujar, contar, rascar, hablar con signos, leer en Braille, sentir el mundo... ¡Arriba esos dedos! ¡Para que caigan donuts! Jajajaja...

5.       Me siento agradecida por el ENTUSIASMO de los/as niños/as por las pequeñas cosas.
   

6.       Me siento agradecida por el FUEGO, que cambió nuestra alimentación, nos permitió construir mejores herramientas modificando distintos materiales y nos proporcionó y nos sigue proporcionando luz y calor.


7.       Agradezco el GOOGLE, que pone a nuestra disposición (casi) todo el conocimiento acumulado a golpe de clic.


8.       Me siento agradecida por el HORIZONTE, visible y nunca alcanzable, que nos hace estar siempre en camino.


9.       Me siento agradecida por los y las IDEALISTAS, que mueven el mundo superando la mediocridad que los/as rodea.


10.   Me siento agradecida por la JUVENTUD, "divino tesoro" (como diría Rubén Darío).


11.   Estoy agradecida por los KIOSKOS (físicos y virtuales), que nos mantienen al día. ¡Y por las KATIUSKAS que me permiten disfrutar de los charcos!


12.   ¡Cuántas eles imprescindibles...! Yo me siento agradecida por el LENGUAJE que nos permite pensar, comunicarnos y crear.


13.   Me siento agradecida por la "llama que llama"...



14.   Me siento agradecida por la MOTIVACIÓN, que me impulsa a superarme.


15.   Me siento agradecida por los "NO", que poco a poco voy introduciendo en mi día a día. Un "NO" a tiempo significa un sí a muchas otras cosas...


16.   Estoy agradecida por la letra Ñ, la más castiza del teclado y símbolo de la Hispanidad.


17.   Me siento agradecida por las OPORTUNIDADES: las primeras, las segundas, las terceras..., las que me da la gente y las que me da la vida.


18.   Me siento agradecida por la PASIÓN que me hace perseguir todo lo que me llama la atención y así llegar a descubrir los aspectos más emocionantes de la vida.


19.   A propósito de la celebración del IV centenario de la muerte de Cervantes, agradezco los QUIJOTES (literarios y carnales), que, de forma desinteresada, actúan movidos por sus ideales, enfrentándose a gigantes si es preciso.


20.   Me siento agradecida por las diferentes RELACIONES que tuve, tengo y tendré con la gente, por lo que me aporta cada una.


21.   Estoy agradecida por el SEXO, fuente de sensaciones, canal de sentimientos y conexión entre personas (seguramente, la palabra más tecleada en Internet).


22.   Me siento agradecida por cada TRANSFORMACIÓN.


23.   Gracias por el UROGALLO, especie reliquia de la era glacial y amenazada en España, cuya presencia (junto con el lince ibérico y tantos otros) nos recuerda la delgada línea roja que tenemos que tratar de evitar cruzar.


24.   Ya que estamos todavía muy próximos al 26-J... estoy agradecida por el VOTO femenino, conseguido por muchas mujeres luchadoras que me han ido abriendo el camino.


25.   Gracias por los WESTERNS (desde la "Casa de la Pradera" a "Lucky Luke") y por la orca WILLY (Keiko), personaje que nos hizo replantearnos el cautiverio con fines lúdicos de animales sensibles e inteligentes como nosotros.


26.   Agradezco que XULLO aparezca en muchos capítulos del libro de mi vida.


27.   Pues… estoy agradecida por mi YATE... Como decía Groucho Marx: "Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…"... ¡Jajajaja!


28.   Agradezco que sigan existiendo ZORROS, que defienden a la gente de los villanos del siglo XXI...


domingo, 29 de noviembre de 2015

Enseñanzas toltecas. Del pasado al presente.



LOS CUATRO ACUERDOS

Un contrato contigo mismo






A través del libro Los cuatro acuerdos el doctor mexicano Miguel Ruiz traslada la milenaria filosofía tolteca a la sociedad occidental de nuestros días, poniéndola plenamente de actualidad. 

Según el autor del libro, el motivo del sufrimiento humano, una vez cubiertas las necesidades básicas y fundamentales, no es otro que un sistema de falsas creencias grabado a fuego en nuestra mente desde la más tierna infancia (mediante múltiples métodos de “domesticación social”, que empiezan en nuestra familia, vecindario, comunidad religiosa… y continúan en la escuela, en la universidad, en nuestro trabajo…) y que asumimos como nuestro sin cuestionárnoslo demasiado.

Cada vez que incorporamos una creencia como válida establecemos un acuerdo, pero puede que estas ideas externas de las que nos apropiamos estén muy lejos de la verdad…

Los acuerdos propuestos a la luz de la filosofía tolteca son los siguientes:


Primer acuerdo. “Sé impecable con tus palabras”.

¿Qué nos decimos y qué les decimos a los demás?.

Nosotros somos magos a través de las palabras que utilizamos. Lanzamos “hechizos” en la mente de las demás personas y en nuestra propia mente por medio de ellas. Nuestras palabras son poderosa “magia negra” o, por el contrario, “magia blanca” sobre los demás. Tienen ese poder de dañar o sanar. Las palabras son pura magia, es el don más preciado que tenemos como seres humanos.

Siempre que escuchamos una opinión sobre nosotros mismos y la creemos, estamos llegando a un acuerdo.

Para entender qué significa ser impecable con las palabras tenemos que entender primeramente qué es pecado. “Pecado” es cualquier cosa que dices o haces que va contra ti (juzgar, culpar, etc.). La impecabilidad consiste en no utilizar tus palabras contra ti mismo o contra los demás.

Segundo acuerdo. “No te tomes nada personalmente”.

No estés de acuerdo por sistema con cualquier cosa que se te diga. Cuando otra persona manifiesta una opinión sobre ti - ya sea ésta positiva o negativa - debes pensar que es fruto de su sistema de creencias y de sus propios acuerdos, con lo cual dicha opinión dice más sobre ella misma que sobre ti.

Tomarte las cosas personalmente, como si realmente fueran contigo, te convierte en una presa fácil de los “depredadores” o “magos negros” (hechiceros de las palabras).

Debes tratar de ser inmune a este tipo de hechizos. El primer paso es ser consciente de ello.

No necesitamos la aceptación de los demás. Debemos buscar la verdad en nosotros mismos, descubrir lo que verdaderamente somos.

Lo que otros piensen de mí es “su” problema, no el mío. Los demás tienen una opinión sobre mí según su propio sistema de creencias, de modo que su opinión no tiene nada que ver conmigo, sino con ellos, con sus acuerdos.

Debemos bucear en nuestro interior para encontrar la verdad de quiénes somos y de lo que queremos.

Durante nuestro pasado quizás hayamos estado dando crédito a opiniones perversas sobre nosotros mismos y es muy probable que nos juzguemos y condenemos en función de estas opiniones externas a las que les hemos dado veracidad. Nuestro “juez” interior nos castiga en función de ellas y nos convierte en nuestras propias “víctimas”. Al actuar constantemente de esta manera hemos creado un “hábito de sufrimiento”. Nos hemos vuelto adictos al dolor.

Si tienes esta adicción, si sientes la necesidad de que te maltraten, será fácil que los demás lo hagan. Del mismo modo, si estás con personas que necesitan sufrir, algo en ti hará que las maltrates. El límite del maltrato al que tú mismo te sometes es el máximo que tolerarás de otra persona. Si alguien llega a maltratarte un poco más, lo más probable es que te alejes. Sin embargo, si alguien te maltrata un poco menos, es muy probable que continúes con esa relación.

Para romper con este círculo vicioso de autojuicios y castigos, hay que hacerse consciente de ello. Lo que otros te han mandado en el pasado con sus palabras perniciosas o lo que te mandan ahora no tienes por qué tomártelo como algo personal. Cuando no te tragas el veneno emocional que otros te mandan (intencionalmente o no) se vuelve más nocivo para el que te lo envía que para ti mismo.

Lo que digan los demás - malo o bueno - no importa; sólo importa lo que tú  asumas como verdadero. No creas en los demás, cree en ti mismo.


Tercer acuerdo. “No hagas suposiciones”.

El peligro de hacer suposiciones es llegarnos a creer que aquello que suponemos es cierto. Esto sólo puede llegar a generar sufrimiento en nuestras relaciones personales. Es como la pescadilla que se muerde la cola: suponemos, nos lo tomamos personalmente y después enviamos veneno emocional a los demás con nuestras palabras.

Cuando vayamos a hacer una suposición sobre los demás tenemos que tener en cuenta que sólo vemos lo que queremos (podemos) ver y oímos lo que queremos (podemos) oír, que nunca percibimos las cosas tal como son realmente, que nuestro sistema de creencias transforma nuestra percepción.

Como ejemplo, citaré un pequeño fragmento del relato “Un hermano así” del libro Sopa de pollo para el alma:

“A Paul, un amigo mío, su hermano le regaló un automóvil por Navidad.

En Nochebuena, cuando Paul salía de su despacho, encontró un pilluelo de la calle dando vueltas alrededor del brillante coche nuevo, admirándolo.

—¿Es éste su coche, señor? —le preguntó.

Paul asintió con la cabeza.

 —Me lo regaló mi hermano por Navidad —respondió.

El chico se quedó atónito.

—¿Quiere decir que su hermano se lo dio y a usted no le costó nada? Vaya, ojalá... — se interrumpió, vacilante.

Por cierto, Paul sabía ya lo que el chico iba a decir: que ojalá él tuviera un hermano así. Pero lo que realmente dijo lo conmovió hasta lo más hondo.

—Ojalá yo pudiera ser un hermano así.”

Hacer suposiciones conduce a muchas dificultades, disputas y malentendidos con las personas con las que nos relacionamos. No nos precipitemos al sacar conclusiones.

El antídoto contra la suposición es la pregunta. No tengamos miedo de preguntar hasta que todo quede diáfano. Y, aún así, no debemos creer que ya lo sabemos todo sobre esa cuestión.


Cuarto acuerdo. “Haz siempre lo máximo que puedas”.

La inacción es nuestra forma de negar la vida (por ejemplo, pasarse horas y horas día tras día sentados frente al televisor).

Expresar lo que realmente eres requiere emprender una acción. Una idea, si no se lleva a cabo, no llega nunca a manifestarse, no da frutos ni produce recompensas. Queda en nada.

Todo lo que sabes actualmente lo has aprendido mediante la repetición (hablar, andar, escribir, montar en bicicleta, conducir…). La acción repetida es lo que ha creado ese aprendizaje. Los hechos son lo que importa.

Hacer “lo máximo que se puede” tendrá distintos niveles de intensidad según el momento concreto de nuestra vida (fatiga, ánimo, salud o enfermedad…). No siempre este máximo será lo mismo.

Por eso, debemos ser pacientes con nosotros mismos y no tirar la toalla a la primera de cambio cuando tratemos de actuar conforme a los nuevos acuerdos “conscientes” y no lo consigamos totalmente. Tenemos que ser benevolentes con nosotros mismos ante las recaídas, puesto que hemos repetido incesantemente otras pautas derivadas de otros acuerdos. Es normal que aún tengan influencia sobre nosotros. Contrarrestarla es difícil al principio, pero, a medida que lo intentemos (que nos caigamos y volvamos a levantarnos), iremos creando poco a poco estos nuevos hábitos. Es el compromiso con estos acuerdos mediante la acción el que nos va transformando.


Con respecto a esta cuestión, cobra sentido la famosa e inspiradora cita de autor desconocido:

“Si lo intentas, quizás; si no, jamás”.